Como decía en la despedida de mi anterior artículo,
localizar a un maestro que nos haya dejado una huella especial y que nos haya
acompañado en nuestros primeros pasos en la Escuela, puede llegar a ser una
tarea bastante complicada, especialmente si, como en mi caso, han pasado más de
40 años… Porque sí, porque aunque uno se siente joven y con toda la energía del
mundo, la verdad es que el mismo año en que Estados Unidos lanzaba al espacio
el famoso Apolo XIII, un año después de que el ser humano hubiera pisado la Luna por
primera vez; el mismo año en que se separaban los Beatles o, por citar algo más
cercano, el año en que se inauguraba la estación de metro de "Gran Vía" en Madrid;
ese año ya tan lejano, yo ya estaba por aquí y comenzaba el 2º curso de
Educación General Básica en el Colegio Público “Ramón Gómez de la Serna” de
Madrid.


Dicho esto, después de que el destino me haya encaminado poco a poco, y de forma inicialmente insospechada, hasta esta tan bella como poco valorada por algunos pero importante profesión, comenzó a ilusionarme la idea, tal vez imposible, de intentar localizar a Don Santiago. A mi favor tenía el recuerdo de un Maestro joven, al contrario de los otros que tuve en aquel colegio. De hecho, recordaba con tristeza que incluso algunos ya nos habían dejado hacia tiempo. Además, algo que me hizo igualmente alentar esperanzas, fue el hecho de que el apellido de aquel añorado Maestro no era demasiado habitual. Y así comencé la búsqueda.
Ya he hablado también en el blog de las tremendas ventajas de Internet, en todos los ámbitos, incluso el educativo :-) si se usa adecuadamente y con un propósito concreto. Tuve pues la fortuna de encontrar en una red social a una persona con su nombre y apellido que, además, había trabajado cómo docente en Madrid. No parecía haber sido maestro de Primaria en los últimos años, pero me consta que muchos maestros, por unos motivos o por otros, acabaron dando el salto a Secundaria. Todo lo que encontré, me sugería además que se trataba de un excelente docente, apreciado y querido por sus alumnos. Fue entonces cuando, aún sin todavía saberlo, supe que se trataba de él. Me sentía profundamente emocionado y le escribí un primer mensaje preguntándole si había estado en ese colegio aquel curso, confiando, como así fue, en que recibiría una respuesta afirmativa por su parte. No exagero en absoluto al afirmar que el recibir su breve y afectuoso mensaje de respuesta fue uno de los momentos más emotivos que he vivido. Habían pasado 44 años y allí estaba yo, con lágrimas en los ojos, respondiéndole de nuevo y mandándole también mi teléfono por si quería contactar conmigo. No me hizo esperar mucho tiempo. Santiago me llamó aquella misma tarde y de nuevo, esta vez de forma compartida, tuvimos ambos un momento inolvidable cargado de emociones. Su implicación y afecto hacia sus alumnos había sido tal, que conservaba con cariño pequeños tesoros, como la foto con sus alumnos de aquel año en el patio del colegio (yo soy el que tiene pantalones marrones y los pies estirados, más cerca del borde inferior de la foto).
Durante aquella primera conversación, él estuvo
tan emocionado como yo y no tardamos en quedar para vernos. Y lo hicimos, como
sin duda seguiremos haciendo de vez en cuando, y nos dimos un abrazo, y
charlamos de viejos tiempos, de cosas compartidas, de educación y de la vida… Sí, esa vida que da tantas vueltas… y ahora que Santiago, aunque está hecho todo un
chaval, está disfrutando de una merecida jubilación, soy yo quien está
comenzando ilusionado a ser maestro. Y, aunque ya lo he hecho personalmente y estoy
orgulloso y feliz de haber retomado el contacto con él, quiero aprovechar para
agradecerle de nuevo su labor, por mí, y seguro que por todos los niños y
adolescentes que han tenido la suerte de tenerle como docente, a lo largo de
toda una vida dedicada a la educación. ¡GRACIAS MAESTRO!
Por cierto, vuelvo a mencionar el destino como algo
importante y maravillosamente mágico en mi vida, en una vida que, de niño,
jamás pensé que acabaría dedicando a la docencia. Y, aunque ya sé que algunos
lo llamaréis azar, he sentido un gratificante escalofrío de emoción al
descubrir que aquel año de 1970, aquel significativo año en que Santiago fue mi
Maestro de 2º de EGB, había sido declarado “Año Internacional de la Educación” por la
Organización de las Naciones Unidas.