viernes, 29 de mayo de 2026

Enseñar también es transmitir calma

Hay momentos del curso en los que las aulas parecen acelerarse solas. Los niños están más cansados, más nerviosos, más sensibles a cualquier estímulo y con menos capacidad para mantener la atención durante mucho tiempo. Y precisamente en esos momentos es cuando más importante se vuelve algo que a veces pasa desapercibido: la calma que transmite el adulto.

Porque enseñar no consiste únicamente en explicar contenidos. También tiene mucho que ver con el ambiente que generamos en el aula, con la forma en que hablamos, reaccionamos y nos relacionamos con los alumnos.

Y aunque no siempre sea fácil, cada vez estoy más convencido de que uno de los mayores regalos que puede transmitir un maestro es precisamente ese: calma.

Clase en calma

Mantener la calma cuando todo se acelera

A veces basta un pequeño detalle para que una clase entera se altere. Un comentario, una risa, un cambio de actividad o simplemente el cansancio acumulado del día.

Y lo curioso es que los estados emocionales también se contagian.

Cuando el ambiente empieza a tensarse, es muy fácil entrar en una dinámica de prisas, órdenes constantes o enfado continuo. Nos pasa a todos. Porque enseñar también cansa, desgasta y pone a prueba la paciencia.

Yo mismo reconozco que hay momentos en los que tengo que levantar un poco la voz o parar la clase para reconducir ciertas situaciones. Sería poco realista decir lo contrario.

Pero intento que ocurra lo menos posible.

Porque no me gusta transmitir crispación. Y, sobre todo, porque creo que los niños aprenden muchísimo también de cómo reaccionamos los adultos cuando las cosas se complican.

Los niños perciben mucho más de lo que parece

Muchas veces pensamos que los alumnos solo escuchan lo que explicamos, pero en realidad perciben muchísimo más:

  • el tono de voz,
  • la tensión,
  • la paciencia,
  • la forma de mirar,
  • incluso el estado de ánimo con el que entramos en clase.

Por eso el equilibrio emocional del docente termina influyendo mucho más de lo que imaginamos en el clima del aula.

Yo no es que tenga precisamente muy buena memoria, pero las cosas importantes, aquellas que dejan huella de verdad, se me anclan con gran fuerza en la memoria, y recuerdo especialmente a un querido maestro, que tuve en segundo de Primaria, que me marcó mucho en ese sentido. Se llamaba Santiago de Hijés, y a menudo le tengo como referente en esta bella profesión que es la de ser Maestro... Santiago siempre transmitía una enorme sensación de tranquilidad, cercanía y paz en su manera de enseñar.

Hace unos años tuve la suerte de reencontrarme con él ya jubilado, compartiendo conmigo, además, otra pasión común: la pintura. Y hablando con él entendí todavía mejor esa manera serena de acercarse a los alumnos, de intentar educar desde la calma incluso cuando las situaciones no eran sencillas. Lamentablemente nos dejó precipitadamente por una cruel enfermedad, pero las grandes personas, los grandes educadores, los grandes artistas... siempre, siempre permanecen.

Con Santiago

A veces bajar la voz funciona mejor que subirla

Con el tiempo he comprobado muchas veces que, cuando una clase empieza a alterarse, bajar el tono de voz puede resultar más efectivo que entrar en una escalada de gritos.

No siempre funciona inmediatamente, por supuesto. Pero sí transmite algo importante: seguridad.

Los niños necesitan sentir que el adulto mantiene el control de la situación sin perder constantemente la calma. Y eso no significa permitirlo todo ni convertirse en un docente excesivamente blando.

Significa actuar desde la firmeza sin caer continuamente en la tensión.

Además, creo que cuando el ambiente lo permite, introducir pequeños momentos de humor también ayuda muchísimo. A veces una anécdota graciosa, un comentario inesperado o una situación compartida relaja la clase y crea conexión con los alumnos.

Aunque luego, claro está, también haya que saber volver a la calma, a sabiendas de que no siempre será fácil. Pero creo que merece la pena correr el riesgo.

En casa también ocurre lo mismo

Todo esto no sucede solo en el colegio. En casa ocurre exactamente igual.

Los niños perciben enseguida cuándo los adultos viven permanentemente acelerados, nerviosos o irritados. Y muchas veces terminan reproduciendo ese mismo ritmo emocional.

Por eso quizá no se trata únicamente de pedir calma a los niños, sino también de intentar crear espacios más tranquilos:

  • conversaciones sin prisas,
  • momentos compartidos,
  • rutinas más relajadas,
  • o simplemente ratos donde no todo esté lleno de ruido y estímulos constantes.

Porque la calma, igual que el nerviosismo, también se contagia.

Charlando en familia

Para terminar

Mantener la calma en educación no siempre es fácil. Hay días complicados, grupos difíciles y momentos en los que todos nos sentimos más cansados o más tensos.

Pero aun así creo que merece la pena intentarlo.

Porque muchas veces, más allá de los contenidos, los niños recuerdan también cómo les hacía sentir un maestro. Y quizá una de las cosas más valiosas que podemos transmitirles es precisamente esa sensación de seguridad, equilibrio y tranquilidad.

En un mundo cada vez más acelerado, enseñar también puede consistir, simplemente, en ayudar a bajar un poco el ruido.

viernes, 22 de mayo de 2026

El valor de aburrirse

Vivimos en una época en la que parece que los niños tienen que estar continuamente estimulados. Pantallas, vídeos, actividades, música, juegos, notificaciones, dibujos animados, aplicaciones… Siempre hay algo ocupando el siguiente minuto.

Y, sin embargo, cada vez tengo más la sensación de que quizá estamos dejando menos espacio para algo muy importante: el aburrimiento.

No hablo de un aburrimiento triste o permanente, sino de esos momentos en los que aparentemente no ocurre nada y la mente empieza a buscar qué hacer por sí sola.

El pedagogo Francesco Tonucci ha defendido muchas veces la importancia de que los niños tengan tiempo libre real, espacios donde puedan imaginar, experimentar y crear sin que todo esté organizado constantemente por los adultos.

Y quizá ahí haya algo importante en lo que merece la pena detenerse.

Niño dibujando

Cuando no pasaba nada… empezaban a pasar cosas

Cuando yo era niño, había muchos momentos en los que simplemente me aburría. Y precisamente ahí empezaban a aparecer cosas que, sin darme cuenta, terminaron siendo importantes para mí.

A veces me inventaba historias de ciencia ficción o fantasía que luego contaba a mis amigos. Otras veces cogía un papel y empezaba a dibujar casi sin pensar demasiado. Garabatos, formas extrañas, personajes, paisajes… dibujos que iban creciendo poco a poco hasta llenar la hoja entera...

Rosa

Recuerdo también muchas vacaciones en las que, mientras los demás niños jugaban o hacían otras actividades, yo me apartaba un rato para quedarme mirando un paisaje, un árbol o cualquier detalle que me llamara la atención y me ponía a dibujarlo o a pintarlo.

En aquel momento probablemente parecía simplemente una forma de entretenerme. Pero con el tiempo me doy cuenta de que todo aquello también estaba construyendo algo importante: mi forma de mirar, de imaginar y de expresarme.

Y quizá no sea casualidad que años después terminara estudiando Bellas Artes.

Boceto árbol

Las buenas historias también nacen del aburrimiento

Creo que muchas veces la creatividad necesita precisamente eso: espacio.

Espacio para pensar, para imaginar, para probar cosas o incluso para no hacer nada durante un rato.

Las historias que inventaba de pequeño probablemente no eran muy distintas, en el fondo, de las aventuras y mundos imaginarios que ahora sigo creando de otra manera. De hecho, mientras escribo los capítulos de S7 y los Sixevencianos, o trabajo en los versos del proyecto "Romances para aprender", muchas veces pienso que esa parte imaginativa sigue naciendo exactamente del mismo lugar.

Porque la imaginación rara vez aparece cuando todo el tiempo está ocupado por estímulos rápidos y continuos.

Necesita pausas.

Necesita silencio.

Necesita momentos vacíos donde las ideas puedan empezar a moverse.

El problema de no dejar espacio al vacío

Hoy muchos niños tienen acceso continuo a entretenimiento inmediato. Y eso tiene ventajas, por supuesto. Pero también puede hacer que les cueste cada vez más tolerar esos pequeños momentos en los que no pasa nada.

En cuanto aparece el aburrimiento, muchas veces la reacción automática es buscar rápidamente otra pantalla, otro vídeo o otro estímulo nuevo.

Y quizá ahí estemos perdiendo algo importante.

Porque aburrirse un poco no siempre es negativo. A veces es precisamente el comienzo de otra cosa: una idea, un dibujo, una historia, una construcción, un juego inventado o una conversación inesperada.

No se trata de eliminar la tecnología ni de idealizar otras épocas. Se trata simplemente de recordar que la mente también necesita momentos de pausa para crear.

Juego de construcciones

Aburrirse no siempre es perder el tiempo

Con el tiempo creo que he entendido algo importante: muchas de las cosas que más marcaron mi creatividad nacieron precisamente en momentos en los que aparentemente no estaba ocurriendo nada especial.

Y quizá por eso me parece importante que los niños sigan teniendo también espacios para aburrirse un poco, para pensar, para inventar y para descubrir intereses propios sin que todo venga ya dado constantemente desde fuera.

Porque a veces, cuando parece que no está pasando nada…

es exactamente cuando empiezan a pasar las cosas más importantes.

Mi homenaje a Goya

viernes, 15 de mayo de 2026

Leer en voz alta sigue siendo mágico

A veces hablamos mucho de fomentar la lectura, de mejorar la comprensión lectora o de conseguir que los niños lean más. Y, sin embargo, hay algo muy sencillo que sigue funcionando igual de bien que hace años: leer en voz alta.

Puede parecer una actividad pequeña, incluso antigua en un momento en el que todo va tan rápido y las pantallas ocupan tanto espacio, pero continúa teniendo algo especial. Basta ver la cara de muchos niños cuando alguien les cuenta una historia con calma, poniendo voz a los personajes, creando emoción o dejando un pequeño silencio antes de descubrir qué ocurre después.

Porque leer en voz alta no consiste únicamente en leer palabras. Consiste en compartir una experiencia.

Leyendo en familia

Mucho más que practicar lectura

A veces reducimos la lectura en voz alta a una simple herramienta para mejorar la entonación o la velocidad lectora. Y sí, también ayuda en eso. Pero en realidad aporta muchísimo más.

Cuando un niño escucha una historia leída con emoción, está imaginando, anticipando, creando imágenes mentales y conectando emocionalmente con lo que ocurre. Además, escuchar leer bien ayuda muchísimo a mejorar la comprensión, el vocabulario y la expresión oral casi sin darse cuenta.

Y hay algo más importante todavía: el vínculo que se crea.

Porque un niño puede olvidar muchos ejercicios concretos, pero suele recordar perfectamente determinados momentos de lectura compartida. Un cuento antes de dormir, un maestro leyendo un capítulo en clase o esa sensación de querer saber qué pasará después.

Ahí aparece parte de la magia.

Cuando esperan el siguiente capítulo

Precisamente una de las cosas más bonitas que están ocurriendo con el proyecto "Sixevencianos", que estoy llevando a cabo con mis alumnos de 3º de Primaria, es esa ilusión que tienen por continuar la historia.

Muchos niños esperan ya el siguiente capítulo con ganas reales de leerlo, comentarlo o imaginar qué ocurrirá después. Y algunas familias me han comentado incluso que están compartiendo ese momento en casa, leyendo juntos y dejando que sean los propios niños quienes lean el capítulo en voz alta, como yo les había sugerido.

Y eso me parece especialmente valioso.

Porque cuando un niño lee para otros, cambia algo. Ya no está leyendo solo para cumplir una tarea del colegio. Está intentando transmitir una historia, captar la atención de quien escucha y disfrutar compartiendo algo que le gusta.

Es entonces cuando la lectura empieza a tener sentido de verdad.

Leyendo a papá

Leer juntos tiene un valor enorme, que no hay que desperdiciar

En ocasiones buscamos actividades muy complejas para motivar a los niños y olvidamos algo tan sencillo como dedicar unos minutos a leer con ellos o escucharles leer.

En casa nosotros vivimos algo parecido con nuestra hija cuando era pequeña. Al principio le leíamos nosotros antes de dormir, como hacen muchas familias. Pero poco a poco empezamos a cambiar un poco la dinámica: unas veces leíamos por turnos, una página nosotros y otra ella; otras veces parábamos la historia y empezábamos a imaginar juntos qué podía pasar después.

Y, casi sin darnos cuenta, aquellas lecturas terminaron convirtiéndose también en pequeños juegos de imaginación compartida. Inventábamos personajes nuevos, ampliábamos escenas o cambiábamos partes de la historia entre todos.

Creo que precisamente ahí está una de las grandes ventajas de leer con niños: que la lectura no tiene por qué quedarse solo en las palabras del libro. Puede convertirse también en conversación, creatividad, humor y tiempo compartido.

Con los años, lógicamente, ella terminó leyendo sola y desarrolló un gran gusto por la lectura. Pero estoy convencido de que aquellos momentos ayudaron muchísimo a que asociara los libros con algo agradable, cercano y emocionalmente importante.

Si queremos que la lectura no les cause rechazo, no podemos convertirla en una obligación pesada ni en un examen constante. Muchas veces basta elegir una historia que les interese y compartir ese rato con tranquilidad, como hacíamos nosotros con Carmen.

Además, leer juntos tiene algo muy importante hoy en día: obliga a parar.

A escuchar.

A imaginar.

A compartir un mismo momento sin prisas.

Y eso, en medio del ritmo acelerado en el que vivimos, tiene muchísimo valor.

La lectura también entra por la emoción

Como he mencionado, creo que una de las razones por las que algunos niños terminan alejándose de la lectura es que, a veces, se presenta únicamente como una obligación académica.

Pero la lectura necesita emoción, curiosidad y ganas de descubrir.

Por eso es tan importante que los niños asocien también los libros y las historias con momentos agradables, compartidos y emocionantes. Con personajes que recuerdan, con aventuras que esperan continuar o con historias que sienten un poco suyas.

Porque cuando eso ocurre, leer deja de ser simplemente una tarea.

Y empieza a convertirse en algo mucho más importante.

Lectura inolvidable

Para terminar

En un mundo lleno de pantallas rápidas, vídeos cortos y estímulos constantes, leer en voz alta sigue teniendo algo casi mágico.

Quizá porque obliga a imaginar.

Tal vez porque crea recuerdos compartidos.

O quizá porque, durante unos minutos, hace que niños y adultos entren juntos en la misma historia.

Y eso, aunque pasen los años y cambien las tecnologías, sigue teniendo un valor enorme.

domingo, 10 de mayo de 2026

¿Qué hacemos con Six seven?

Desde hace un tiempo hay algo que se repite una y otra vez en patios, excursiones, pasillos, calles e incluso viajes familiares: basta escuchar un “six” o un “seven” para que muchos niños reaccionen automáticamente haciendo el famoso gesto moviendo las manos, repitiendo la coletilla o intentando contagiarlo a los demás.

Lo hacen niños pequeños, alumnos mayores, adolescentes… y lo curioso es que ocurre prácticamente en cualquier sitio; no sólo en España. Incluso hay turistas que juegan con ello y provocan graciosamente a los niños para que respondan entre risas con su ritual, como vimos recientemente en una excursión que hicimos a Toledo.

Y claro, llega un momento en que muchos docentes y familias nos hacemos la misma pregunta: ¿Qué hacemos con Six seven? Porque es evidente que estamos ante uno de esos fenómenos virales que se extienden a una velocidad enorme y que terminan formando parte del lenguaje cotidiano de muchísimos niños.

Six seven

Un fenómeno completamente global

Quizá una de las cosas que más llama la atención es precisamente esa sensación de fenómeno mundial. Da igual el colegio, la ciudad o incluso el país. Los niños ven los mismos vídeos, repiten los mismos gestos y utilizan las mismas expresiones.

Internet ha cambiado completamente la velocidad con la que se expanden las modas infantiles. Antes también existían canciones repetitivas, frases que todos imitaban o pequeños juegos sin sentido aparente que acababan invadiendo las clases. La diferencia es que ahora todo se multiplica muchísimo más rápido gracias a plataformas como YouTube, Facebook, Instagram o TikTok.

Y eso explica por qué niños tan pequeños ya conocen perfectamente algo que empezó probablemente como una simple broma viral.

¿Por qué engancha tanto a los niños?

Aquí hay algo importante que conviene entender antes de reaccionar.

Muchas veces los niños no participan porque entiendan realmente el origen de la moda o porque les parezca especialmente brillante. Participan porque todos participan.

La repetición, el humor absurdo, la sensación de pertenecer al grupo y el hecho de compartir algo que “todo el mundo conoce” hace que este tipo de fenómenos enganchen muchísimo, especialmente en la infancia y en la adolescencia.

Y además hay otro detalle importante: provoca reacción inmediata. En cuanto alguien dice el número en cuestión, otros responden automáticamente. Eso genera una especie de juego colectivo muy difícil de cortar de golpe.

Por eso creo que entender el fenómeno es importante. No para justificar cualquier comportamiento, sino para saber desde dónde debemos actuar.

Lo que sí hay que dejar claro en el colegio

Entender algo no significa permitirlo todo.

Y aquí creo que es importante hablar claro con los niños. Una cosa es que exista una moda viral y otra muy distinta que pueda interrumpir continuamente una clase o dificultar el trabajo diario en el aula.

Los docentes no podemos estar repitiendo explicaciones constantemente porque alguien active el “modo six seven” cada pocos minutos. Hay momentos y espacios en los que simplemente no puede hacerse.

Pero también creo que la forma de transmitir eso importa mucho.

Si únicamente reaccionamos desde el enfado o la prohibición constante, muchas veces conseguimos el efecto contrario: que todavía les haga más gracia.

Por eso, probablemente, lo más útil sea combinar firmeza y cercanía. Explicarles que entendemos que les resulte divertido, pero que también tienen que aprender cuándo algo puede hacerse y cuándo no.

Y eso, en el fondo, también es educar.

¿Se puede reconducir hacia algo positivo?

Aquí es donde creo que puede aparecer algo interesante.

Porque, nos guste más o menos, la energía y el entusiasmo que generan estas tendencias son reales. Y quizá, en lugar de quedarnos únicamente en la queja, podemos intentar aprovechar parte de ese interés para transformarlo en algo creativo.

Al final, muchas modas infantiles nacen simplemente del juego, del humor y de las ganas de compartir algo con otros. Y eso puede reconducirse hacia actividades más interesantes:

  • crear historias,
  • inventar personajes,
  • escribir pequeños relatos,
  • grabar vídeos con sentido del humor,
  • hacer dibujos,
  • trabajar la creatividad,
  • o incluso analizar cómo funcionan las propias tendencias virales.

Precisamente, algo de eso estoy trabajando e intentando hacer con los alumnos de mi grupo de 3º de Educación Primaria, con un proyecto-relato que he titulado "Sixevencianos - Historias del planeta S7".

Se trata de una historia que estamos creando semanalmente, capítulo a capítulo, en un blog aparte creado para la ocasión. Y digo "estamos", porque voy tanteando algunas posibilidades de la historia en mis conversaciones con ellos, e incluso he introducido a nuestra mascota de clase (y a la especie a la que supuestamente pertenece), como personajes importantes del relato. Vamos construyendo así, poco a poco, un pequeño universo propio en el que, semana a semana, irán surgiendo nuevos personajes, situaciones y misterios que, de una u otra forma, estarán relacionados con este fenómeno que tanto llama la atención a los niños.

La idea no es alimentar simplemente la repetición constante de las palabras “six seven”, sino utilizar ese interés que ya existe para llevarlo hacia algo mucho más creativo: la imaginación, el humor, la lectura y las ganas de seguir una historia.

Poco a poco, irán apareciendo nuevos personajes, nuevos lugares y nuevas situaciones con las que intentaré sorprender a los niños y hacer que esperen con ilusión el siguiente capítulo. Y eso, en el fondo, era uno de los grandes objetivos: conseguir que tengan ganas de leer, de comentar la historia, de imaginar qué ocurrirá después y de participar de alguna manera en esa aventura.

De hecho, para quienes tengan curiosidad, aquí podéis encontrar el índice de capítulos del proyecto y ver cómo se está desarrollando esta experiencia paso a paso.

https://sixseven-sixsevencianos.blogspot.com/p/s7-indice-de-capitulos.html

Blog Sixevencianos

Creo firmemente que en este tipo de iniciativas puede estar una de las claves educativas más interesantes: no limitarnos únicamente a combatir ciertas tendencias virales, sino intentar transformarlas en oportunidades para crear algo positivo a partir de ellas.

Y, por supuesto, ésta es solo una idea entre muchas posibles. Cada docente, cada familia o cada educador puede intentar reconducir este tipo de fenómenos hacia actividades distintas: historias, dibujos, teatro, humor, escritura, retos creativos o cualquier propuesta que ayude a convertir una simple moda pasajera en una experiencia más rica y motivadora.

Algunas ideas para las familias

Para muchas familias, este tipo de fenómenos pueden resultar desconcertantes. A veces incluso agotadores.

Y es normal.

Pero quizá conviene evitar dos extremos: pensar que no pasa nada nunca o convertirlo en una guerra constante.

Probablemente lo más útil sea observar, preguntar y entender primero qué les hace tanta gracia. Hablar con naturalidad, poner límites cuando haga falta y, sobre todo, no perder la conexión con ellos por algo que, seguramente, será pasajero.

También puede ayudar ofrecer alternativas, como ya he sugerido:

  • actividades creativas,
  • deporte,
  • lectura,
  • humor compartido,
  • juegos,
  • proyectos familiares,
  • o simplemente espacios donde puedan expresarse de otra manera.

Porque cuanto más rica y variada es la vida de un niño, menos necesidad tiene de quedarse atrapado únicamente en una moda viral.

Por cierto, es importante mencionar en este apartado que, en mi caso, y para la marcha adecuada del proyecto "Sixevencianos", cuento con la inestimable colaboración de las familias de mis alumnos, pues especialmente con niños pequeños, son las familias las que deben gestionar los tiempos y actividades de sus hijos en las distintas plataformas digitales. Además, precisamente, una de las sugerencias que he visto interesante hacerles, es la de que los niños les lean a ellos en alto los capítulos de la historia, compartiendo así más estrechamente esta pequeña aventura. 

Para terminar

Las modas infantiles siempre han existido. Cambian los nombres, cambian las plataformas y cambia la velocidad con la que se expanden, pero el fenómeno de fondo no es nuevo.

Quizá lo importante no sea intentar borrar completamente estas tendencias, algo prácticamente imposible hoy en día, sino ayudar a los niños a convivir con ellas de una manera equilibrada, respetuosa y creativa.

Y sobre todo, recordar algo importante: detrás de cada “six seven” sigue habiendo niños que necesitan jugar, compartir, sentirse parte del grupo y encontrar espacios donde canalizar toda esa energía.

Ahí es donde familias y escuela seguimos teniendo mucho que aportar.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuando un niño descubre que el móvil sirve para crear

Rosaleda
A veces pensamos que para hacer una actividad bonita con niños hace falta organizar algo muy complejo. Sin embargo, muchas veces basta algo mucho más sencillo: parar un rato, salir a un entorno agradable y aprender a mirar.

Eso es lo que me ocurrió el pasado fin de semana paseando por el Parque del Retiro, en Madrid, cuando pasamos por la Rosaleda. Había llovido un poco y chispeaba ligeramente, el ambiente estaba tranquilo y las flores tenían esa mezcla de color y brillo que aparece después de la lluvia. Mientras mi esposa y yo hacíamos fotos con nuestros móviles y disfrutábamos de aquella explosión de belleza primaveral, pensé en lo mucho que podría disfrutar un niño participando también en algo así.

Porque quizá uno de los problemas que tenemos hoy es que los niños ven continuamente a los adultos utilizando el móvil… pero pocas veces les enseñamos que el móvil también puede servir para crear, observar o descubrir cosas bonitas.

Y ahí creo que hay una oportunidad educativa muy interesante.

Rosaleda 2

El móvil también puede servir para descubrir la belleza

Muchas veces asociamos el móvil únicamente al entretenimiento rápido, a las redes sociales o a pasar el tiempo mirando pantallas. Pero en realidad el móvil es también una herramienta creativa potentísima, y enseñar eso a los niños puede cambiar mucho la forma en que lo perciben.

Cuando yo era pequeño, recuerdo que mi padre, de vez en cuando, nos dejaba pulsar el botón de la cámara de fotos. Era una tontería, pero hacía muchísima ilusión. Sentías que estabas haciendo algo importante, algo “de mayores”.

Con los móviles ocurre algo parecido.

A un niño le puede aburrir acompañarnos mientras hacemos fotos… hasta que le hacemos participar. En ese momento cambia completamente su actitud. Ya no está simplemente esperando: está observando, buscando, creando y tomando decisiones.

Y eso tiene muchísimo valor.

Foto de rosa y detalle

Crear también es aprender a observar

Además, este tipo de actividad permite enseñar cosas muy sencillas que para ellos resultan fascinantes. Cómo enfocar una flor concreta tocando la pantalla, cómo acercarse para destacar un detalle, cómo buscar un fondo bonito o cómo hacer que unas flores queden desenfocadas detrás mientras otra destaca en primer plano.

Son pequeños aprendizajes técnicos, sí, pero también son ejercicios de observación y paciencia.

Y hay un momento especialmente bonito: cuando el niño ve que aquello que ha hecho tiene valor real para nosotros.

“Mira, esta foto la has hecho tú y me gusta tanto que la voy a poner de fondo de pantalla.”

Ese tipo de cosas les hace sentirse importantes, capaces y partícipes de algo que compartimos con ellos.

Porque en el fondo no se trata solo de enseñar fotografía. Se trata de enseñar que también pueden crear belleza.

Dos fotos de rosas

La naturaleza ya es arte

Hay algo maravilloso en lugares así: la sensación de que la naturaleza ya es arte por sí sola.

Los colores, las formas, la luz, las gotas de agua sobre los pétalos… Todo está ahí sin necesidad de añadir nada más. La fotografía, en realidad, no crea esa belleza; simplemente nos ayuda a observarla mejor y a detenernos en detalles que normalmente pasarían desapercibidos.

Y quizá eso también sea importante enseñarlo.

Y además hay algo curioso que muchas veces descubrimos precisamente haciendo fotos: la importancia de la luz.

Un día soleado puede ser bonito, sí, pero para fotografiar flores y naturaleza, muchas veces los días nublados o lluviosos son incluso más especiales. La luz es más suave, los colores destacan más y las gotas de agua sobre los pétalos hacen que todo parezca diferente.

Precisamente esta mañana, paseando por el Retiro después de la lluvia, pensaba en eso. En cómo un día gris, lejos de estropear el paseo, puede convertirse en el momento perfecto para enseñar a un niño a observar. A fijarse en los reflejos, en los colores intensos de las flores mojadas o en cómo cambia el paisaje según la luz.

Y cuando luego ven la fotografía en la pantalla y descubren lo bonita que ha quedado, suele aparecer algo muy interesante: orgullo. Pero no un orgullo vacío, sino la satisfacción de haber creado algo bello por sí mismos.

Quizá por eso también es tan buena idea utilizar después alguna de esas imágenes como fondo de pantalla o incluso como foto de perfil. Porque para ellos significa mucho más que una simple fotografía: significa que aquello que han hecho tiene valor para nosotros.

Vivimos demasiado deprisa. También los niños. Y acostumbrarse a observar despacio una flor, un árbol o un reflejo de luz puede parecer algo pequeño, pero no lo es.

Educar la mirada también es educar la sensibilidad.

Dos fotos de rosas

Los animales también despiertan su mirada

Muy cerca de la rosaleda están también los jardines de Cecilio Rodríguez, otro rincón precioso del Retiro y un lugar que a los niños suele fascinarles especialmente por una razón muy sencilla: los pavos reales.

Verlos pasear tan cerca, observar sus colores o tener la suerte de contemplar cómo despliegan su cola es una experiencia que les llama muchísimo la atención. Y además ofrece otra oportunidad maravillosa para utilizar el móvil de una forma creativa y tranquila.

Porque hacer fotos a animales requiere algo diferente: paciencia.

Esperar el momento adecuado, acercarse despacio, observar cómo se mueve el animal o intentar captar el brillo de esos azules y verdes tan intensos hace que el niño se concentre casi sin darse cuenta.

Y cuando luego ven el resultado de la fotografía, sienten que han capturado algo especial.

Además, este tipo de imágenes les ayuda también a fijarse en detalles de la naturaleza que normalmente pasarían desapercibidos. Los colores, las formas, el movimiento o incluso la textura de las plumas.

Al final, casi sin buscarlo, están aprendiendo a observar mejor el mundo que tienen delante.

Pavos Reales

Educar también es enseñar a mirar

A veces pensamos en educar como transmitir contenidos, explicar cosas o enseñar habilidades concretas. Pero creo que también hay una parte importante que tiene que ver con enseñar a mirar el mundo de otra manera.

A detenerse.

A descubrir belleza en cosas sencillas.

A utilizar la tecnología para crear en lugar de limitarse a consumir.

Y quizá actividades tan simples como una tarde haciendo fotos entre flores puedan aportar mucho más de lo que parece a primera vista.

domingo, 3 de mayo de 2026

Tecnología en el aula: útil cuando suma, problema cuando sustituye

Alumnos en pantalla digital

Vivimos un momento en el que la tecnología ha entrado de lleno en las aulas. Tablets, pizarras digitales, plataformas educativas, aplicaciones, inteligencia artificial… Todo avanza muy rápido y, en muchas ocasiones, parece que un aula moderna tiene que estar necesariamente llena de pantallas.

Sin embargo, creo que cada vez más docentes compartimos una sensación parecida: la tecnología puede ser una herramienta fantástica… pero también puede convertirse en un problema si acaba sustituyendo cosas que ya funcionaban bien.

Y ahí está, probablemente, la clave de todo esto. La cuestión no es usar tecnología o no usarla. La cuestión es para qué la utilizamos y si realmente aporta algo al aprendizaje. 

Cuando la tecnología sí ayuda

Utilizada con sentido, la tecnología tiene muchísimas ventajas. Puede ayudar a motivar, facilitar explicaciones visuales, adaptar actividades a distintos ritmos o acceder a recursos que hace unos años eran impensables dentro del aula.

Además, bien utilizada, también puede fomentar la creatividad y permitir que los alumnos participen de una manera más activa. Hay aplicaciones realmente útiles y herramientas que facilitan mucho el trabajo tanto del alumnado como del profesorado.

Sería absurdo negar todo eso.

Yo mismo utilizo recursos digitales en el día a día, y reconozco que, en determinados momentos, ayudan muchísimo. Sobre todo cuando simplifican tareas, hacen más visual un contenido o permiten trabajar de una forma más dinámica.

El problema aparece cuando sustituye

La dificultad empieza cuando la tecnología deja de ser una herramienta y pasa a convertirse en el centro de todo.

A veces da la sensación de que algunas actividades se digitalizan simplemente porque “queda más moderno”, aunque en realidad no mejoren el aprendizaje. Y ahí conviene hacerse una pregunta importante: si quitamos la pantalla, ¿la actividad seguiría teniendo sentido?

Porque no todo mejora por aparecer en una tablet.

Hay cosas que siguen funcionando muy bien de manera sencilla: leer en papel, escribir a mano, conversar, manipular materiales o explicar algo mirando directamente a los alumnos. Y eso no debería perderse por la idea de que todo tiene que ser digital.

Precisamente, el problema añadido es que estamos tan acostumbrados a depender cada día de la tecnología, que cuando de repente nos quedamos sin conexión a internet o nos falla la conexión a la pantalla digital, nos quedamos bloqueados y a veces nos cuesta reaccionar si no tenemos una serie de recursos alternativos...

La importancia del docente

Hay una frase que se escucha bastante y que creo que resume bien esta situación: la tecnología por sí sola no mejora la educación.

Lo que realmente marca la diferencia sigue siendo el docente: cómo plantea las actividades, cómo acompaña al alumnado, cómo explica o cómo genera interés por aprender.

Una buena clase sigue siendo buena aunque no haya pantallas. Y una mala clase no mejora automáticamente por añadir dispositivos.

La tecnología puede sumar muchísimo, sí, pero necesita criterio pedagógico detrás.

Como señalaba Francesco Tonucci, la escuela no debería obsesionarse con parecer moderna, sino con responder de verdad a las necesidades de los niños.

Buscar equilibrio también aquí

Como siempre les digo a las familias de mis alumnos, y les he repetido en mi última reunión trimestral, probablemente el camino no esté ni en rechazar toda tecnología ni en convertirla en el centro absoluto de la enseñanza. Y esto es igualmente aplicable al uso y a los tiempos que puedan dedicar los niños a la tecnología en sus hogares.

Al igual que ocurre con tantas cosas en educación, el equilibrio vuelve a ser importante.

En clase, es esencial aprovechar lo que realmente aporta, utilizarlo con sentido y, al mismo tiempo, no olvidar que aprender sigue teniendo mucho que ver con escuchar, hablar, leer, pensar, compartir y convivir.

Porque al final, detrás de cualquier pantalla, sigue habiendo algo mucho más importante: las personas.

miércoles, 29 de abril de 2026

Lo que de verdad deja huella en un alumno

Con el paso del tiempo, si uno se para a pensar en su propia experiencia como alumno, hay algo que suele repetirse: cuesta recordar muchos contenidos concretos, pero es muy fácil recordar cómo te hizo sentir un profesor.

No solemos acordarnos de una explicación de matemáticas o de un ejercicio de lengua, pero sí de aquel profesor que te escuchaba, que confiaba en ti o que, en un momento determinado, te hizo sentir capaz. Y esto, que puede parecer algo secundario, en realidad no lo es en absoluto.

A veces, en el día a día del aula, con el ritmo que llevamos, es fácil centrarse en terminar el temario, en que las actividades salgan adelante, en que todo “funcione”. Pero en medio de todo eso hay algo que está pasando constantemente, aunque no siempre seamos conscientes: estamos dejando huella.

Mucho más que contenidos

La escuela, por supuesto, transmite conocimientos. Es una parte esencial de su función. Pero reducirla solo a eso es quedarse corto.

En el aula también se construyen muchas otras cosas: la confianza, la seguridad, la forma en que un niño se percibe a sí mismo. Y ahí el papel del docente es mucho más importante de lo que a veces pensamos.

Un comentario a tiempo, una mirada de apoyo, una explicación con paciencia cuando algo no sale… son pequeñas acciones que, acumuladas, tienen un impacto enorme. No siempre se ven en el momento, pero quedan.

Como señalaba Carl Rogers, el aprendizaje significativo ocurre cuando el alumno se siente comprendido y aceptado. Y eso no depende solo de lo que enseñamos, sino de cómo lo hacemos.

Los pequeños gestos que lo cambian todo

No hace falta hacer grandes cosas para dejar huella. De hecho, muchas veces ocurre justo al contrario.

Son los detalles cotidianos los que marcan la diferencia: llamar a un alumno por su nombre, detenerse un momento cuando alguien no entiende algo, valorar un esfuerzo aunque el resultado no sea perfecto o simplemente escuchar.

En ocasiones pensamos que para motivar o ayudar hay que hacer algo extraordinario, preparar una actividad especial o diseñar algo muy elaborado. Y, sin embargo, muchas veces lo que más impacto tiene es lo más sencillo.

Porque lo que el alumno percibe no es solo la actividad, sino la intención que hay detrás.

Lo que recordarán con el tiempo

Es difícil saber qué se va a quedar exactamente en cada alumno. Cada uno vive la escuela de una manera distinta.

Pero sí hay algo bastante claro: con el tiempo, lo que permanece no son tanto los contenidos como las experiencias. La sensación de haber sido tenido en cuenta, de haber aprendido en un entorno donde uno se sentía seguro, de haber encontrado a alguien que acompañaba en el proceso.

Y, curiosamente, creo que el objetivo nunca debería ser “dejar huella”. La huella no se busca directamente. Aparece sola cuando uno intenta hacer bien su trabajo y se preocupa de verdad por los alumnos, por cómo están, por cómo aprenden y por cómo viven su paso por la escuela.

A veces uno descubre eso muchos años después. Hace un tiempo publiqué en este mismo blog un recuerdo muy especial sobre el reencuentro con uno de mis maestros de Educación Primaria; mi querido y añorado Santiago de Hijés. Y precisamente lo que más me hizo pensar fue darme cuenta de que aquello que permanece no suele tener que ver con grandes discursos ni con momentos extraordinarios, sino con la forma en que determinadas personas nos hicieron sentir durante una etapa importante de nuestra vida. 

Quizá ahí esté una de las grandezas de esta profesión: en que muchas veces no somos conscientes de la huella que dejamos, precisamente porque estamos más centrados en acompañar y ayudar que en otra cosa.

Comparto aquí el enlace al artículo que publiqué sobre aquel bello reencuentro con Santiago de Hijés: https://artedesermaestro.blogspot.com/2014/11/un-bello-reencuentro.html

Para terminar

Ser docente implica muchas cosas: preparar clases, evaluar, organizar, atender a las familias… pero también implica algo menos visible y, a la vez, muy importante: la manera en que estamos con los alumnos.

Cada gesto, cada palabra, cada forma de intervenir va construyendo algo que muchas veces no se ve en el momento, pero que puede acompañarles durante mucho tiempo.

Y quizá ahí esté una de las partes más valiosas de esta profesión: en saber que, más allá de los contenidos, lo que hacemos cada día en el aula puede dejar una huella que permanece.