viernes, 15 de mayo de 2026

Leer en voz alta sigue siendo mágico

A veces hablamos mucho de fomentar la lectura, de mejorar la comprensión lectora o de conseguir que los niños lean más. Y, sin embargo, hay algo muy sencillo que sigue funcionando igual de bien que hace años: leer en voz alta.

Puede parecer una actividad pequeña, incluso antigua en un momento en el que todo va tan rápido y las pantallas ocupan tanto espacio, pero continúa teniendo algo especial. Basta ver la cara de muchos niños cuando alguien les cuenta una historia con calma, poniendo voz a los personajes, creando emoción o dejando un pequeño silencio antes de descubrir qué ocurre después.

Porque leer en voz alta no consiste únicamente en leer palabras. Consiste en compartir una experiencia.

Leyendo en familia

Mucho más que practicar lectura

A veces reducimos la lectura en voz alta a una simple herramienta para mejorar la entonación o la velocidad lectora. Y sí, también ayuda en eso. Pero en realidad aporta muchísimo más.

Cuando un niño escucha una historia leída con emoción, está imaginando, anticipando, creando imágenes mentales y conectando emocionalmente con lo que ocurre. Además, escuchar leer bien ayuda muchísimo a mejorar la comprensión, el vocabulario y la expresión oral casi sin darse cuenta.

Y hay algo más importante todavía: el vínculo que se crea.

Porque un niño puede olvidar muchos ejercicios concretos, pero suele recordar perfectamente determinados momentos de lectura compartida. Un cuento antes de dormir, un maestro leyendo un capítulo en clase o esa sensación de querer saber qué pasará después.

Ahí aparece parte de la magia.

Cuando esperan el siguiente capítulo

Precisamente una de las cosas más bonitas que están ocurriendo con el proyecto "Sixevencianos", que estoy llevando a cabo con mis alumnos de 3º de Primaria, es esa ilusión que tienen por continuar la historia.

Muchos niños esperan ya el siguiente capítulo con ganas reales de leerlo, comentarlo o imaginar qué ocurrirá después. Y algunas familias me han comentado incluso que están compartiendo ese momento en casa, leyendo juntos y dejando que sean los propios niños quienes lean el capítulo en voz alta, como yo les había sugerido.

Y eso me parece especialmente valioso.

Porque cuando un niño lee para otros, cambia algo. Ya no está leyendo solo para cumplir una tarea del colegio. Está intentando transmitir una historia, captar la atención de quien escucha y disfrutar compartiendo algo que le gusta.

Es entonces cuando la lectura empieza a tener sentido de verdad.

Leyendo a papá

Leer juntos tiene un valor enorme, que no hay que desperdiciar

En ocasiones buscamos actividades muy complejas para motivar a los niños y olvidamos algo tan sencillo como dedicar unos minutos a leer con ellos o escucharles leer.

En casa nosotros vivimos algo parecido con nuestra hija cuando era pequeña. Al principio le leíamos nosotros antes de dormir, como hacen muchas familias. Pero poco a poco empezamos a cambiar un poco la dinámica: unas veces leíamos por turnos, una página nosotros y otra ella; otras veces parábamos la historia y empezábamos a imaginar juntos qué podía pasar después.

Y, casi sin darnos cuenta, aquellas lecturas terminaron convirtiéndose también en pequeños juegos de imaginación compartida. Inventábamos personajes nuevos, ampliábamos escenas o cambiábamos partes de la historia entre todos.

Creo que precisamente ahí está una de las grandes ventajas de leer con niños: que la lectura no tiene por qué quedarse solo en las palabras del libro. Puede convertirse también en conversación, creatividad, humor y tiempo compartido.

Con los años, lógicamente, ella terminó leyendo sola y desarrolló un gran gusto por la lectura. Pero estoy convencido de que aquellos momentos ayudaron muchísimo a que asociara los libros con algo agradable, cercano y emocionalmente importante.

Si queremos que la lectura no les cause rechazo, no podemos convertirla en una obligación pesada ni en un examen constante. Muchas veces basta elegir una historia que les interese y compartir ese rato con tranquilidad, como hacíamos nosotros con Carmen.

Además, leer juntos tiene algo muy importante hoy en día: obliga a parar.

A escuchar.

A imaginar.

A compartir un mismo momento sin prisas.

Y eso, en medio del ritmo acelerado en el que vivimos, tiene muchísimo valor.

La lectura también entra por la emoción

Como he mencionado, creo que una de las razones por las que algunos niños terminan alejándose de la lectura es que, a veces, se presenta únicamente como una obligación académica.

Pero la lectura necesita emoción, curiosidad y ganas de descubrir.

Por eso es tan importante que los niños asocien también los libros y las historias con momentos agradables, compartidos y emocionantes. Con personajes que recuerdan, con aventuras que esperan continuar o con historias que sienten un poco suyas.

Porque cuando eso ocurre, leer deja de ser simplemente una tarea.

Y empieza a convertirse en algo mucho más importante.

Lectura inolvidable

Para terminar

En un mundo lleno de pantallas rápidas, vídeos cortos y estímulos constantes, leer en voz alta sigue teniendo algo casi mágico.

Quizá porque obliga a imaginar.

Tal vez porque crea recuerdos compartidos.

O quizá porque, durante unos minutos, hace que niños y adultos entren juntos en la misma historia.

Y eso, aunque pasen los años y cambien las tecnologías, sigue teniendo un valor enorme.

domingo, 10 de mayo de 2026

¿Qué hacemos con Six seven?

Desde hace un tiempo hay algo que se repite una y otra vez en patios, excursiones, pasillos, calles e incluso viajes familiares: basta escuchar un “six” o un “seven” para que muchos niños reaccionen automáticamente haciendo el famoso gesto moviendo las manos, repitiendo la coletilla o intentando contagiarlo a los demás.

Lo hacen niños pequeños, alumnos mayores, adolescentes… y lo curioso es que ocurre prácticamente en cualquier sitio; no sólo en España. Incluso hay turistas que juegan con ello y provocan graciosamente a los niños para que respondan entre risas con su ritual.

Y claro, llega un momento en que muchos docentes y familias nos hacemos la misma pregunta: ¿Qué hacemos con Six seven? Porque es evidente que estamos ante uno de esos fenómenos virales que se extienden a una velocidad enorme y que terminan formando parte del lenguaje cotidiano de muchísimos niños.

Six seven

Un fenómeno completamente global

Quizá una de las cosas que más llama la atención es precisamente esa sensación de fenómeno mundial. Da igual el colegio, la ciudad o incluso el país. Los niños ven los mismos vídeos, repiten los mismos gestos y utilizan las mismas expresiones.

Internet ha cambiado completamente la velocidad con la que se expanden las modas infantiles. Antes también existían canciones repetitivas, frases que todos imitaban o pequeños juegos sin sentido aparente que acababan invadiendo las clases. La diferencia es que ahora todo se multiplica muchísimo más rápido gracias a plataformas como YouTube, Facebook, Instagram o TikTok.

Y eso explica por qué niños tan pequeños ya conocen perfectamente algo que empezó probablemente como una simple broma viral.

¿Por qué engancha tanto a los niños?

Aquí hay algo importante que conviene entender antes de reaccionar.

Muchas veces los niños no participan porque entiendan realmente el origen de la moda o porque les parezca especialmente brillante. Participan porque todos participan.

La repetición, el humor absurdo, la sensación de pertenecer al grupo y el hecho de compartir algo que “todo el mundo conoce” hace que este tipo de fenómenos enganchen muchísimo, especialmente en la infancia y en la adolescencia.

Y además hay otro detalle importante: provoca reacción inmediata. En cuanto alguien dice el número en cuestión, otros responden automáticamente. Eso genera una especie de juego colectivo muy difícil de cortar de golpe.

Por eso creo que entender el fenómeno es importante. No para justificar cualquier comportamiento, sino para saber desde dónde debemos actuar.

Lo que sí hay que dejar claro en el colegio

Entender algo no significa permitirlo todo.

Y aquí creo que es importante hablar claro con los niños. Una cosa es que exista una moda viral y otra muy distinta que pueda interrumpir continuamente una clase o dificultar el trabajo diario en el aula.

Los docentes no podemos estar repitiendo explicaciones constantemente porque alguien active el “modo six seven” cada pocos minutos. Hay momentos y espacios en los que simplemente no puede hacerse.

Pero también creo que la forma de transmitir eso importa mucho.

Si únicamente reaccionamos desde el enfado o la prohibición constante, muchas veces conseguimos el efecto contrario: que todavía les haga más gracia.

Por eso probablemente lo más útil sea combinar firmeza y cercanía. Explicarles que entendemos que les resulte divertido, pero que también tienen que aprender cuándo algo puede hacerse y cuándo no.

Y eso, en el fondo, también es educar.

¿Se puede reconducir hacia algo positivo?

Aquí es donde creo que puede aparecer algo interesante.

Porque, nos guste más o menos, la energía y el entusiasmo que generan estas tendencias son reales. Y quizá, en lugar de quedarnos únicamente en la queja, podemos intentar aprovechar parte de ese interés para transformarlo en algo creativo.

Al final, muchas modas infantiles nacen simplemente del juego, del humor y de las ganas de compartir algo con otros. Y eso puede reconducirse hacia actividades más interesantes:

  • crear historias,
  • inventar personajes,
  • escribir pequeños relatos,
  • grabar vídeos con sentido del humor,
  • hacer dibujos,
  • trabajar la creatividad,
  • o incluso analizar cómo funcionan las propias tendencias virales.

Precisamente algo de eso estoy trabajando e intentando hacer con los alumnos de mi grupo de 3º de Educación Primaria, con un proyecto-relato que he titulado "Sixevencianos - Historias del planeta S7".

Se trata de una historia que estamos creando semanalmente, capítulo a capítulo, en un blog aparte creado para la ocasión. Y digo "estamos", porque voy tanteando algunas posibilidades de la historia en mis conversaciones con ellos, e incluso he introducido a nuestra mascota de clase (y a la especie a la que supuestamente pertenece), como personajes importantes del relato. Vamos construyendo así, poco a poco, un pequeño universo propio en el que, semana a semana, irán surgiendo nuevos personajes, situaciones y misterios que, de una u otra forma, estarán relacionados con este fenómeno que tanto llama la atención a los niños.

La idea no es alimentar simplemente la repetición constante de las palabras “six seven”, sino utilizar ese interés que ya existe para llevarlo hacia algo mucho más creativo: la imaginación, el humor, la lectura y las ganas de seguir una historia.

Poco a poco, irán apareciendo nuevos personajes, nuevos lugares y nuevas situaciones con las que intentaré sorprender a los niños y hacer que esperen con ilusión el siguiente capítulo. Y eso, en el fondo, era uno de los grandes objetivos: conseguir que tengan ganas de leer, de comentar la historia, de imaginar qué ocurrirá después y de participar de alguna manera en esa aventura.

De hecho, para quienes tengan curiosidad, aquí podéis encontrar el índice de capítulos del proyecto y ver cómo se está desarrollando esta experiencia paso a paso.

https://sixseven-sixsevencianos.blogspot.com/p/s7-indice-de-capitulos.html

Blog Sixevencianos

Creo firmemente que en este tipo de iniciativas puede estar una de las claves educativas más interesantes: no limitarnos únicamente a combatir ciertas tendencias virales, sino intentar transformarlas en oportunidades para crear algo positivo a partir de ellas.

Y, por supuesto, ésta es solo una idea entre muchas posibles. Cada docente, cada familia o cada educador puede intentar reconducir este tipo de fenómenos hacia actividades distintas: historias, dibujos, teatro, humor, escritura, retos creativos o cualquier propuesta que ayude a convertir una simple moda pasajera en una experiencia más rica y motivadora.

Algunas ideas para las familias

Para muchas familias, este tipo de fenómenos pueden resultar desconcertantes. A veces incluso agotadores.

Y es normal.

Pero quizá conviene evitar dos extremos: pensar que no pasa nada nunca o convertirlo en una guerra constante.

Probablemente lo más útil sea observar, preguntar y entender primero qué les hace tanta gracia. Hablar con naturalidad, poner límites cuando haga falta y, sobre todo, no perder la conexión con ellos por algo que, seguramente, será pasajero.

También puede ayudar ofrecer alternativas, como ya he sugerido:

  • actividades creativas,
  • deporte,
  • lectura,
  • humor compartido,
  • juegos,
  • proyectos familiares,
  • o simplemente espacios donde puedan expresarse de otra manera.

Porque cuanto más rica y variada es la vida de un niño, menos necesidad tiene de quedarse atrapado únicamente en una moda viral.

Por cierto, es importante mencionar en este apartado, que en mi caso y para la marcha adecuada del proyecto "Sixevencianos", cuento con la inestimable colaboración de las familias de mis alumnos, pues especialmente con niños pequeños, son las familias las que deben gestionar los tiempos y actividades de sus hijos en las distintas plataformas digitales. Además, precisamente, una de las sugerencia que he visto interesante hacerles, es la de que los niños les lean a ellos en alto los capítulos de la historia, compartiendo así más estrechamente esta pequeña aventura. 

Para terminar

Las modas infantiles siempre han existido. Cambian los nombres, cambian las plataformas y cambia la velocidad con la que se expanden, pero el fenómeno de fondo no es nuevo.

Quizá lo importante no sea intentar borrar completamente estas tendencias, algo prácticamente imposible hoy en día, sino ayudar a los niños a convivir con ellas de una manera equilibrada, respetuosa y creativa.

Y sobre todo, recordar algo importante: detrás de cada “six seven” sigue habiendo niños que necesitan jugar, compartir, sentirse parte del grupo y encontrar espacios donde canalizar toda esa energía.

Ahí es donde familias y escuela seguimos teniendo mucho que aportar.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Cuando un niño descubre que el móvil sirve para crear

Rosaleda
A veces pensamos que para hacer una actividad bonita con niños hace falta organizar algo muy complejo. Sin embargo, muchas veces basta algo mucho más sencillo: parar un rato, salir a un entorno agradable y aprender a mirar.

Eso es lo que me ocurrió el pasado fin de semana paseando por el Parque del Retiro, en Madrid, cuando pasamos por la Rosaleda. Había llovido un poco y chispeaba ligeramente, el ambiente estaba tranquilo y las flores tenían esa mezcla de color y brillo que aparece después de la lluvia. Mientras mi esposa y yo hacíamos fotos con nuestros móviles y disfrutábamos de aquella explosión de belleza primaveral, pensé en lo mucho que podría disfrutar un niño participando también en algo así.

Porque quizá uno de los problemas que tenemos hoy es que los niños ven continuamente a los adultos utilizando el móvil… pero pocas veces les enseñamos que el móvil también puede servir para crear, observar o descubrir cosas bonitas.

Y ahí creo que hay una oportunidad educativa muy interesante.

Rosaleda 2

El móvil también puede servir para descubrir la belleza

Muchas veces asociamos el móvil únicamente al entretenimiento rápido, a las redes sociales o a pasar el tiempo mirando pantallas. Pero en realidad el móvil es también una herramienta creativa potentísima, y enseñar eso a los niños puede cambiar mucho la forma en que lo perciben.

Cuando yo era pequeño, recuerdo que mi padre, de vez en cuando, nos dejaba pulsar el botón de la cámara de fotos. Era una tontería, pero hacía muchísima ilusión. Sentías que estabas haciendo algo importante, algo “de mayores”.

Con los móviles ocurre algo parecido.

A un niño le puede aburrir acompañarnos mientras hacemos fotos… hasta que le hacemos participar. En ese momento cambia completamente su actitud. Ya no está simplemente esperando: está observando, buscando, creando y tomando decisiones.

Y eso tiene muchísimo valor.

Foto de rosa y detalle

Crear también es aprender a observar

Además, este tipo de actividad permite enseñar cosas muy sencillas que para ellos resultan fascinantes. Cómo enfocar una flor concreta tocando la pantalla, cómo acercarse para destacar un detalle, cómo buscar un fondo bonito o cómo hacer que unas flores queden desenfocadas detrás mientras otra destaca en primer plano.

Son pequeños aprendizajes técnicos, sí, pero también son ejercicios de observación y paciencia.

Y hay un momento especialmente bonito: cuando el niño ve que aquello que ha hecho tiene valor real para nosotros.

“Mira, esta foto la has hecho tú y me gusta tanto que la voy a poner de fondo de pantalla.”

Ese tipo de cosas les hace sentirse importantes, capaces y partícipes de algo que compartimos con ellos.

Porque en el fondo no se trata solo de enseñar fotografía. Se trata de enseñar que también pueden crear belleza.

Dos fotos de rosas

La naturaleza ya es arte

Hay algo maravilloso en lugares así: la sensación de que la naturaleza ya es arte por sí sola.

Los colores, las formas, la luz, las gotas de agua sobre los pétalos… Todo está ahí sin necesidad de añadir nada más. La fotografía, en realidad, no crea esa belleza; simplemente nos ayuda a observarla mejor y a detenernos en detalles que normalmente pasarían desapercibidos.

Y quizá eso también sea importante enseñarlo.

Y además hay algo curioso que muchas veces descubrimos precisamente haciendo fotos: la importancia de la luz.

Un día soleado puede ser bonito, sí, pero para fotografiar flores y naturaleza, muchas veces los días nublados o lluviosos son incluso más especiales. La luz es más suave, los colores destacan más y las gotas de agua sobre los pétalos hacen que todo parezca diferente.

Precisamente esta mañana, paseando por el Retiro después de la lluvia, pensaba en eso. En cómo un día gris, lejos de estropear el paseo, puede convertirse en el momento perfecto para enseñar a un niño a observar. A fijarse en los reflejos, en los colores intensos de las flores mojadas o en cómo cambia el paisaje según la luz.

Y cuando luego ven la fotografía en la pantalla y descubren lo bonita que ha quedado, suele aparecer algo muy interesante: orgullo. Pero no un orgullo vacío, sino la satisfacción de haber creado algo bello por sí mismos.

Quizá por eso también es tan buena idea utilizar después alguna de esas imágenes como fondo de pantalla o incluso como foto de perfil. Porque para ellos significa mucho más que una simple fotografía: significa que aquello que han hecho tiene valor para nosotros.

Vivimos demasiado deprisa. También los niños. Y acostumbrarse a observar despacio una flor, un árbol o un reflejo de luz puede parecer algo pequeño, pero no lo es.

Educar la mirada también es educar la sensibilidad.

Dos fotos de rosas

Los animales también despiertan su mirada

Muy cerca de la rosaleda están también los jardines de Cecilio Rodríguez, otro rincón precioso del Retiro y un lugar que a los niños suele fascinarles especialmente por una razón muy sencilla: los pavos reales.

Verlos pasear tan cerca, observar sus colores o tener la suerte de contemplar cómo despliegan su cola es una experiencia que les llama muchísimo la atención. Y además ofrece otra oportunidad maravillosa para utilizar el móvil de una forma creativa y tranquila.

Porque hacer fotos a animales requiere algo diferente: paciencia.

Esperar el momento adecuado, acercarse despacio, observar cómo se mueve el animal o intentar captar el brillo de esos azules y verdes tan intensos hace que el niño se concentre casi sin darse cuenta.

Y cuando luego ven el resultado de la fotografía, sienten que han capturado algo especial.

Además, este tipo de imágenes les ayuda también a fijarse en detalles de la naturaleza que normalmente pasarían desapercibidos. Los colores, las formas, el movimiento o incluso la textura de las plumas.

Al final, casi sin buscarlo, están aprendiendo a observar mejor el mundo que tienen delante.

Pavos Reales

Educar también es enseñar a mirar

A veces pensamos en educar como transmitir contenidos, explicar cosas o enseñar habilidades concretas. Pero creo que también hay una parte importante que tiene que ver con enseñar a mirar el mundo de otra manera.

A detenerse.

A descubrir belleza en cosas sencillas.

A utilizar la tecnología para crear en lugar de limitarse a consumir.

Y quizá actividades tan simples como una tarde haciendo fotos entre flores puedan aportar mucho más de lo que parece a primera vista.

domingo, 3 de mayo de 2026

Tecnología en el aula: útil cuando suma, problema cuando sustituye

Alumnos en pantalla digital

Vivimos un momento en el que la tecnología ha entrado de lleno en las aulas. Tablets, pizarras digitales, plataformas educativas, aplicaciones, inteligencia artificial… Todo avanza muy rápido y, en muchas ocasiones, parece que un aula moderna tiene que estar necesariamente llena de pantallas.

Sin embargo, creo que cada vez más docentes compartimos una sensación parecida: la tecnología puede ser una herramienta fantástica… pero también puede convertirse en un problema si acaba sustituyendo cosas que ya funcionaban bien.

Y ahí está, probablemente, la clave de todo esto. La cuestión no es usar tecnología o no usarla. La cuestión es para qué la utilizamos y si realmente aporta algo al aprendizaje. 

Cuando la tecnología sí ayuda

Utilizada con sentido, la tecnología tiene muchísimas ventajas. Puede ayudar a motivar, facilitar explicaciones visuales, adaptar actividades a distintos ritmos o acceder a recursos que hace unos años eran impensables dentro del aula.

Además, bien utilizada, también puede fomentar la creatividad y permitir que los alumnos participen de una manera más activa. Hay aplicaciones realmente útiles y herramientas que facilitan mucho el trabajo tanto del alumnado como del profesorado.

Sería absurdo negar todo eso.

Yo mismo utilizo recursos digitales en el día a día, y reconozco que, en determinados momentos, ayudan muchísimo. Sobre todo cuando simplifican tareas, hacen más visual un contenido o permiten trabajar de una forma más dinámica.

El problema aparece cuando sustituye

La dificultad empieza cuando la tecnología deja de ser una herramienta y pasa a convertirse en el centro de todo.

A veces da la sensación de que algunas actividades se digitalizan simplemente porque “queda más moderno”, aunque en realidad no mejoren el aprendizaje. Y ahí conviene hacerse una pregunta importante: si quitamos la pantalla, ¿la actividad seguiría teniendo sentido?

Porque no todo mejora por aparecer en una tablet.

Hay cosas que siguen funcionando muy bien de manera sencilla: leer en papel, escribir a mano, conversar, manipular materiales o explicar algo mirando directamente a los alumnos. Y eso no debería perderse por la idea de que todo tiene que ser digital.

Precisamente, el problema añadido es que estamos tan acostumbrados a depender cada día de la tecnología, que cuando de repente nos quedamos sin conexión a internet o nos falla la conexión a la pantalla digital, nos quedamos bloqueados y a veces nos cuesta reaccionar si no tenemos una serie de recursos alternativos...

La importancia del docente

Hay una frase que se escucha bastante y que creo que resume bien esta situación: la tecnología por sí sola no mejora la educación.

Lo que realmente marca la diferencia sigue siendo el docente: cómo plantea las actividades, cómo acompaña al alumnado, cómo explica o cómo genera interés por aprender.

Una buena clase sigue siendo buena aunque no haya pantallas. Y una mala clase no mejora automáticamente por añadir dispositivos.

La tecnología puede sumar muchísimo, sí, pero necesita criterio pedagógico detrás.

Como señalaba Francesco Tonucci, la escuela no debería obsesionarse con parecer moderna, sino con responder de verdad a las necesidades de los niños.

Buscar equilibrio también aquí

Como siempre les digo a las familias de mis alumnos, y les he repetido en mi última reunión trimestral, probablemente el camino no esté ni en rechazar toda tecnología ni en convertirla en el centro absoluto de la enseñanza. Y esto es igualmente aplicable al uso y a los tiempos que puedan dedicar los niños a la tecnología en sus hogares.

Al igual que ocurre con tantas cosas en educación, el equilibrio vuelve a ser importante.

En clase, es esencial aprovechar lo que realmente aporta, utilizarlo con sentido y, al mismo tiempo, no olvidar que aprender sigue teniendo mucho que ver con escuchar, hablar, leer, pensar, compartir y convivir.

Porque al final, detrás de cualquier pantalla, sigue habiendo algo mucho más importante: las personas.

miércoles, 29 de abril de 2026

Lo que de verdad deja huella en un alumno

Con el paso del tiempo, si uno se para a pensar en su propia experiencia como alumno, hay algo que suele repetirse: cuesta recordar muchos contenidos concretos, pero es muy fácil recordar cómo te hizo sentir un profesor.

No solemos acordarnos de una explicación de matemáticas o de un ejercicio de lengua, pero sí de aquel profesor que te escuchaba, que confiaba en ti o que, en un momento determinado, te hizo sentir capaz. Y esto, que puede parecer algo secundario, en realidad no lo es en absoluto.

A veces, en el día a día del aula, con el ritmo que llevamos, es fácil centrarse en terminar el temario, en que las actividades salgan adelante, en que todo “funcione”. Pero en medio de todo eso hay algo que está pasando constantemente, aunque no siempre seamos conscientes: estamos dejando huella.

Mucho más que contenidos

La escuela, por supuesto, transmite conocimientos. Es una parte esencial de su función. Pero reducirla solo a eso es quedarse corto.

En el aula también se construyen muchas otras cosas: la confianza, la seguridad, la forma en que un niño se percibe a sí mismo. Y ahí el papel del docente es mucho más importante de lo que a veces pensamos.

Un comentario a tiempo, una mirada de apoyo, una explicación con paciencia cuando algo no sale… son pequeñas acciones que, acumuladas, tienen un impacto enorme. No siempre se ven en el momento, pero quedan.

Como señalaba Carl Rogers, el aprendizaje significativo ocurre cuando el alumno se siente comprendido y aceptado. Y eso no depende solo de lo que enseñamos, sino de cómo lo hacemos.

Los pequeños gestos que lo cambian todo

No hace falta hacer grandes cosas para dejar huella. De hecho, muchas veces ocurre justo al contrario.

Son los detalles cotidianos los que marcan la diferencia: llamar a un alumno por su nombre, detenerse un momento cuando alguien no entiende algo, valorar un esfuerzo aunque el resultado no sea perfecto o simplemente escuchar.

En ocasiones pensamos que para motivar o ayudar hay que hacer algo extraordinario, preparar una actividad especial o diseñar algo muy elaborado. Y, sin embargo, muchas veces lo que más impacto tiene es lo más sencillo.

Porque lo que el alumno percibe no es solo la actividad, sino la intención que hay detrás.

Lo que recordarán con el tiempo

Es difícil saber qué se va a quedar exactamente en cada alumno. Cada uno vive la escuela de una manera distinta.

Pero sí hay algo bastante claro: con el tiempo, lo que permanece no son tanto los contenidos como las experiencias. La sensación de haber sido tenido en cuenta, de haber aprendido en un entorno donde uno se sentía seguro, de haber encontrado a alguien que acompañaba en el proceso.

Y, curiosamente, creo que el objetivo nunca debería ser “dejar huella”. La huella no se busca directamente. Aparece sola cuando uno intenta hacer bien su trabajo y se preocupa de verdad por los alumnos, por cómo están, por cómo aprenden y por cómo viven su paso por la escuela.

A veces uno descubre eso muchos años después. Hace un tiempo publiqué en este mismo blog un recuerdo muy especial sobre el reencuentro con uno de mis maestros de Educación Primaria; mi querido y añorado Santiago de Hijés. Y precisamente lo que más me hizo pensar fue darme cuenta de que aquello que permanece no suele tener que ver con grandes discursos ni con momentos extraordinarios, sino con la forma en que determinadas personas nos hicieron sentir durante una etapa importante de nuestra vida. 

Quizá ahí esté una de las grandezas de esta profesión: en que muchas veces no somos conscientes de la huella que dejamos, precisamente porque estamos más centrados en acompañar y ayudar que en otra cosa.

Comparto aquí el enlace al artículo que publiqué sobre aquel bello reencuentro con Santiago de Hijés: https://artedesermaestro.blogspot.com/2014/11/un-bello-reencuentro.html

Para terminar

Ser docente implica muchas cosas: preparar clases, evaluar, organizar, atender a las familias… pero también implica algo menos visible y, a la vez, muy importante: la manera en que estamos con los alumnos.

Cada gesto, cada palabra, cada forma de intervenir va construyendo algo que muchas veces no se ve en el momento, pero que puede acompañarles durante mucho tiempo.

Y quizá ahí esté una de las partes más valiosas de esta profesión: en saber que, más allá de los contenidos, lo que hacemos cada día en el aula puede dejar una huella que permanece.

domingo, 26 de abril de 2026

Cómo empezar bien una clase desde el minuto uno

Niños escuchando

Hay algo que con el tiempo vas viendo claro, aunque al principio no le des tanta importancia: los primeros minutos de clase no son cualquier cosa… son media clase. Ahí se decide mucho más de lo que parece: el ambiente, la atención, el ritmo, incluso ese “respeto” que luego tanto cuesta mantener a lo largo del curso. Y, sin embargo, es fácil que esos minutos se nos escapen sin darnos cuenta. Entras, los niños se van sentando como pueden, empiezas a hablar mientras unos te escuchan y otros no, y cuando quieres reaccionar ya vas un poco a remolque. A todos nos ha pasado.

El equilibrio entre cercanía y autoridad

Aquí entra una de las cuestiones más delicadas, y hablo también desde lo personal: encontrar el equilibrio entre ser cercano y mantener la autoridad. Porque es verdad que los niños, sobre todo al principio de curso, llegan con cierta inseguridad, algunos incluso asustados, y a uno le sale de manera natural querer generar confianza, bromear, relajar el ambiente. Pero también es cierto que, si ese inicio es demasiado blando o poco definido, luego cuesta mucho más construir ese marco de respeto que necesitamos para trabajar bien. En el otro extremo, empezar demasiado serio o distante tampoco ayuda. Así que, al final, todo pasa por encontrar ese punto medio que no siempre es fácil, pero que sí se puede ir construyendo con intención.

Marcar bien el inicio: claridad y rutina

Empezar bien una clase no significa ponerse rígido ni imponer desde el primer segundo. Para mí tiene más que ver con algo más sencillo y, a la vez, más importante: que todo el grupo tenga claro que la clase ha empezado. Sin dudas, sin medias tintas. Hay pequeños gestos que ayudan mucho en esto y que, sin ser complicados, marcan la diferencia: recibir al alumnado en la puerta, mantener siempre la misma rutina de entrada, no comenzar hasta que haya un silencio real o utilizar alguna señal clara y reconocible —una frase, una cuenta atrás, un gesto— que indique ese inicio. No hace falta levantar la voz ni generar tensión, pero sí ser constante.

Uno de los errores más habituales, y en el que todos hemos caído alguna vez, es empezar “a medias”. Comenzar a explicar cuando todavía no están todos preparados, cuando algunos siguen hablando o buscando el material. Sin darte cuenta, ya has transmitido un mensaje que luego es difícil de corregir: que la clase puede empezar sin que todo el mundo esté. Y eso, a la larga, se paga.

En este sentido, las rutinas juegan un papel fundamental. A veces se perciben como algo rígido, pero en realidad aportan justo lo contrario: seguridad. Los alumnos saben qué tienen que hacer, cómo empieza la clase y qué se espera de ellos, y eso reduce la incertidumbre y mejora la atención. Además, también ayuda al propio docente, que no tiene que improvisar cada día ese momento inicial.

Cuando el inicio está bien cuidado, todo fluye mejor

Otra idea importante, que a mí personalmente me está ayudando a replantear muchas cosas, es entender que cercanía y autoridad no son opuestas. Puedes ser cercano, interesarte por ellos, sonreír o preguntar cómo están, y al mismo tiempo mantener una estructura clara y un inicio ordenado. Los alumnos perciben rápidamente si hay coherencia, si hay seguridad y si hay alguien que realmente está guiando el proceso. Como señalaba Lev Vygotsky, el aprendizaje es también un proceso social, y ese clima empieza a construirse desde el primer momento.

Cuando ese inicio está bien cuidado, todo lo demás suele ir más rodado. Hay menos interrupciones, la atención mejora, las explicaciones se aprovechan más y el ambiente general es más tranquilo. No es algo mágico, ni ocurre siempre igual, pero sí es una base que marca una diferencia importante en el día a día del aula.

Niños en clase 2

Para terminar, no se trata de tener más carácter o menos, ni de cambiar la forma de ser de cada uno. Cada docente tiene su estilo, y eso también es valioso. Pero sí merece la pena prestar atención a cómo empezamos las clases, porque en esos primeros minutos, que a veces parecen poca cosa, se está construyendo mucho más de lo que pensamos.

domingo, 1 de marzo de 2026

Presentación del blog "Romances para Aprender"

Hola a todos:

Como algunos sabéis, llevo tiempo trabajando en el proyecto "Romances para Aprender", y continuaré anunciando aquí cada vez que publique una nueva entrega, porque éste es el lugar adecuado para presentaros todos mis trabajos relacionados de una forma o de otra con la docencia, y con esta bella profesión que es la de ser Maestro. Ahora bien, una vez que el proyecto se ha ido afianzando, ya con la tercera entrega, creo que ha llegado el momento de darle un mayor protagonismo, con entidad propia y con la creación de un blog exclusivo para el proyecto...

Romances para Aprender
El blog ya lo he puesto en marcha y, como no podía ser de otra manera, se llama "Romances para Aprender". Pero claro, no es un blog al uso, en el que se vayan a escribir artículos de diferentes temáticas u opiniones, sino que se irá construyendo, muy poco a poco, con cada uno de los nuevos romances que vaya creando sobre temas y contenidos de Ciencias de la Naturaleza y Ciencias Sociales para Educación Primaria. No me voy a extender aquí mucho volviendo a hablar del proyecto con detalle, pero os dejo aquí un par de enlaces directos al blog... El primero os lleva a la última de las entregas que acabo de subir, dedicada en este caso a "Los Seres Vivos". Aquí lo tenéis:

https://romancesparaaprender.blogspot.com/

En el segundo enlace, podéis acceder directamente a una página que he creado dentro del blog, con un índice y una presentación del proyecto, donde explico detenidamente en qué consiste. Desde esta página del blog podréis navegar cómodamente de un capítulo a otro, como si de una web tradicional se tratara. Para ello, en la parte superior de cada post, habrá siempre un enlace al índice, que iré actualizando a medida que vaya subiendo nuevos romances. Lo podéis ver aquí:

https://romancesparaaprender.blogspot.com/p/indice-y-presentacion.html

Lo mejor de todo es que ni siquiera hace falta que entréis al blog a través de un enlace que yo os ponga, porque basta con que escribáis en un buscador su título (Romances para aprender), para que os aparezca probablemente en el primer lugar en la lista de resultados de vuestro navegador ;-)

Un cordial saludo y espero que os sea de utilidad.