A veces pensamos que para hacer una actividad bonita con niños hace falta organizar algo muy complejo. Sin embargo, muchas veces basta algo mucho más sencillo: parar un rato, salir a un entorno agradable y aprender a mirar.
Eso es lo que me ocurrió el pasado fin de semana paseando por el Parque del Retiro, en Madrid, cuando pasamos por la Rosaleda. Había llovido un poco y chispeaba ligeramente, el ambiente estaba tranquilo y las flores tenían esa mezcla de color y brillo que aparece después de la lluvia. Mientras mi esposa y yo hacíamos fotos con fotos con nuestros móviles y disfrutábamos de aquella explosión de belleza primaveral, pensé en lo mucho que podría disfrutar un niño participando también en algo así.
Porque quizá uno de los problemas que tenemos hoy es que los niños ven continuamente a los adultos utilizando el móvil… pero pocas veces les enseñamos que el móvil también puede servir para crear, observar o descubrir cosas bonitas.
Y ahí creo que hay una oportunidad educativa muy interesante.
El móvil también puede servir para descubrir la belleza
Muchas veces asociamos el móvil únicamente al entretenimiento rápido, a las redes sociales o a pasar el tiempo mirando pantallas. Pero en realidad el móvil es también una herramienta creativa potentísima, y enseñar eso a los niños puede cambiar mucho la forma en que lo perciben.
Cuando yo era pequeño, recuerdo que mi padre, de vez en cuando, nos dejaba pulsar el botón de la cámara de fotos. Era una tontería, pero hacía muchísima ilusión. Sentías que estabas haciendo algo importante, algo “de mayores”.
Con los móviles ocurre algo parecido.
A un niño le puede aburrir acompañarnos mientras hacemos fotos… hasta que le hacemos participar. En ese momento cambia completamente su actitud. Ya no está simplemente esperando: está observando, buscando, creando y tomando decisiones.
Y eso tiene muchísimo valor.
Crear también es aprender a observar
Además, este tipo de actividad permite enseñar cosas muy sencillas que para ellos resultan fascinantes. Cómo enfocar una flor concreta tocando la pantalla, cómo acercarse para destacar un detalle, cómo buscar un fondo bonito o cómo hacer que unas flores queden desenfocadas detrás mientras otra destaca en primer plano.
Son pequeños aprendizajes técnicos, sí, pero también son ejercicios de observación y paciencia.
Y hay un momento especialmente bonito: cuando el niño ve que aquello que ha hecho tiene valor real para nosotros.
“Mira, esta foto la has hecho tú y me gusta tanto que la voy a poner de fondo de pantalla.”
Ese tipo de cosas les hace sentirse importantes, capaces y partícipes de algo que compartimos con ellos.
Porque en el fondo no se trata solo de enseñar fotografía. Se trata de enseñar que también pueden crear belleza.
La naturaleza ya es arte
Hay algo maravilloso en lugares así: la sensación de que la naturaleza ya es arte por sí sola.
Los colores, las formas, la luz, las gotas de agua sobre los pétalos… Todo está ahí sin necesidad de añadir nada más. La fotografía, en realidad, no crea esa belleza; simplemente nos ayuda a observarla mejor y a detenernos en detalles que normalmente pasarían desapercibidos.
Y quizá eso también sea importante enseñarlo.
Y además hay algo curioso que muchas veces descubrimos precisamente haciendo fotos: la importancia de la luz.
Un día soleado puede ser bonito, sí, pero para fotografiar flores y naturaleza, muchas veces los días nublados o lluviosos son incluso más especiales. La luz es más suave, los colores destacan más y las gotas de agua sobre los pétalos hacen que todo parezca diferente.
Precisamente esta mañana, paseando por el Retiro después de la lluvia, pensaba en eso. En cómo un día gris, lejos de estropear el paseo, puede convertirse en el momento perfecto para enseñar a un niño a observar. A fijarse en los reflejos, en los colores intensos de las flores mojadas o en cómo cambia el paisaje según la luz.
Y cuando luego ven la fotografía en la pantalla y descubren lo bonita que ha quedado, suele aparecer algo muy interesante: orgullo. Pero no un orgullo vacío, sino la satisfacción de haber creado algo bello por sí mismos.
Quizá por eso también es tan buena idea utilizar después alguna de esas imágenes como fondo de pantalla o incluso como foto de perfil. Porque para ellos significa mucho más que una simple fotografía: significa que aquello que han hecho tiene valor para nosotros.
Educar la mirada también es educar la sensibilidad.
Los animales también despiertan su mirada
Muy cerca de la rosaleda están también los jardines de Cecilio Rodríguez, otro rincón precioso del Retiro y un lugar que a los niños suele fascinarles especialmente por una razón muy sencilla: los pavos reales.
Verlos pasear tan cerca, observar sus colores o tener la suerte de contemplar cómo despliegan su cola es una experiencia que les llama muchísimo la atención. Y además ofrece otra oportunidad maravillosa para utilizar el móvil de una forma creativa y tranquila.
Porque hacer fotos a animales requiere algo diferente: paciencia.
Esperar el momento adecuado, acercarse despacio, observar cómo se mueve el animal o intentar captar el brillo de esos azules y verdes tan intensos hace que el niño se concentre casi sin darse cuenta.
Y cuando luego ven el resultado de la fotografía, sienten que han capturado algo especial.
Además, este tipo de imágenes les ayuda también a fijarse en detalles de la naturaleza que normalmente pasarían desapercibidos. Los colores, las formas, el movimiento o incluso la textura de las plumas.
Al final, casi sin buscarlo, están aprendiendo a observar mejor el mundo que tienen delante.
Educar también es enseñar a mirar
A veces pensamos en educar como transmitir contenidos, explicar cosas o enseñar habilidades concretas. Pero creo que también hay una parte importante que tiene que ver con enseñar a mirar el mundo de otra manera.
A detenerse.
A descubrir belleza en cosas sencillas.
A utilizar la tecnología para crear en lugar de limitarse a consumir.
Y quizá actividades tan simples como una tarde haciendo fotos entre flores puedan aportar mucho más de lo que parece a primera vista.






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