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viernes, 29 de mayo de 2026

Enseñar también es transmitir calma

Hay momentos del curso en los que las aulas parecen acelerarse solas. Los niños están más cansados, más nerviosos, más sensibles a cualquier estímulo y con menos capacidad para mantener la atención durante mucho tiempo. Y precisamente en esos momentos es cuando más importante se vuelve algo que a veces pasa desapercibido: la calma que transmite el adulto.

Porque enseñar no consiste únicamente en explicar contenidos. También tiene mucho que ver con el ambiente que generamos en el aula, con la forma en que hablamos, reaccionamos y nos relacionamos con los alumnos.

Y aunque no siempre sea fácil, cada vez estoy más convencido de que uno de los mayores regalos que puede transmitir un maestro es precisamente ese: calma.

Clase en calma

Mantener la calma cuando todo se acelera

A veces basta un pequeño detalle para que una clase entera se altere. Un comentario, una risa, un cambio de actividad o simplemente el cansancio acumulado del día.

Y lo curioso es que los estados emocionales también se contagian.

Cuando el ambiente empieza a tensarse, es muy fácil entrar en una dinámica de prisas, órdenes constantes o enfado continuo. Nos pasa a todos. Porque enseñar también cansa, desgasta y pone a prueba la paciencia.

Yo mismo reconozco que hay momentos en los que tengo que levantar un poco la voz o parar la clase para reconducir ciertas situaciones. Sería poco realista decir lo contrario.

Pero intento que ocurra lo menos posible.

Porque no me gusta transmitir crispación. Y, sobre todo, porque creo que los niños aprenden muchísimo también de cómo reaccionamos los adultos cuando las cosas se complican.

Los niños perciben mucho más de lo que parece

Muchas veces pensamos que los alumnos solo escuchan lo que explicamos, pero en realidad perciben muchísimo más:

  • el tono de voz,
  • la tensión,
  • la paciencia,
  • la forma de mirar,
  • incluso el estado de ánimo con el que entramos en clase.

Por eso el equilibrio emocional del docente termina influyendo mucho más de lo que imaginamos en el clima del aula.

Yo no es que tenga precisamente muy buena memoria, pero las cosas importantes, aquellas que dejan huella de verdad, se me anclan con gran fuerza en la memoria, y recuerdo especialmente a un querido maestro, que tuve en segundo de Primaria, que me marcó mucho en ese sentido. Se llamaba Santiago de Hijés, y a menudo le tengo como referente en esta bella profesión que es la de ser Maestro... Santiago siempre transmitía una enorme sensación de tranquilidad, cercanía y paz en su manera de enseñar.

Hace unos años tuve la suerte de reencontrarme con él ya jubilado, compartiendo conmigo, además, otra pasión común: la pintura. Y hablando con él entendí todavía mejor esa manera serena de acercarse a los alumnos, de intentar educar desde la calma incluso cuando las situaciones no eran sencillas. Lamentablemente nos dejó precipitadamente por una cruel enfermedad, pero las grandes personas, los grandes educadores, los grandes artistas... siempre, siempre permanecen.

Con Santiago

A veces bajar la voz funciona mejor que subirla

Con el tiempo he comprobado muchas veces que, cuando una clase empieza a alterarse, bajar el tono de voz puede resultar más efectivo que entrar en una escalada de gritos.

No siempre funciona inmediatamente, por supuesto. Pero sí transmite algo importante: seguridad.

Los niños necesitan sentir que el adulto mantiene el control de la situación sin perder constantemente la calma. Y eso no significa permitirlo todo ni convertirse en un docente excesivamente blando.

Significa actuar desde la firmeza sin caer continuamente en la tensión.

Además, creo que cuando el ambiente lo permite, introducir pequeños momentos de humor también ayuda muchísimo. A veces una anécdota graciosa, un comentario inesperado o una situación compartida relaja la clase y crea conexión con los alumnos.

Aunque luego, claro está, también haya que saber volver a la calma, a sabiendas de que no siempre será fácil. Pero creo que merece la pena correr el riesgo.

En casa también ocurre lo mismo

Todo esto no sucede solo en el colegio. En casa ocurre exactamente igual.

Los niños perciben enseguida cuándo los adultos viven permanentemente acelerados, nerviosos o irritados. Y muchas veces terminan reproduciendo ese mismo ritmo emocional.

Por eso quizá no se trata únicamente de pedir calma a los niños, sino también de intentar crear espacios más tranquilos:

  • conversaciones sin prisas,
  • momentos compartidos,
  • rutinas más relajadas,
  • o simplemente ratos donde no todo esté lleno de ruido y estímulos constantes.

Porque la calma, igual que el nerviosismo, también se contagia.

Charlando en familia

Para terminar

Mantener la calma en educación no siempre es fácil. Hay días complicados, grupos difíciles y momentos en los que todos nos sentimos más cansados o más tensos.

Pero aun así creo que merece la pena intentarlo.

Porque muchas veces, más allá de los contenidos, los niños recuerdan también cómo les hacía sentir un maestro. Y quizá una de las cosas más valiosas que podemos transmitirles es precisamente esa sensación de seguridad, equilibrio y tranquilidad.

En un mundo cada vez más acelerado, enseñar también puede consistir, simplemente, en ayudar a bajar un poco el ruido.

domingo, 10 de mayo de 2026

¿Qué hacemos con Six seven?

Desde hace un tiempo hay algo que se repite una y otra vez en patios, excursiones, pasillos, calles e incluso viajes familiares: basta escuchar un “six” o un “seven” para que muchos niños reaccionen automáticamente haciendo el famoso gesto moviendo las manos, repitiendo la coletilla o intentando contagiarlo a los demás.

Lo hacen niños pequeños, alumnos mayores, adolescentes… y lo curioso es que ocurre prácticamente en cualquier sitio; no sólo en España. Incluso hay turistas que juegan con ello y provocan graciosamente a los niños para que respondan entre risas con su ritual, como vimos recientemente en una excursión que hicimos a Toledo.

Y claro, llega un momento en que muchos docentes y familias nos hacemos la misma pregunta: ¿Qué hacemos con Six seven? Porque es evidente que estamos ante uno de esos fenómenos virales que se extienden a una velocidad enorme y que terminan formando parte del lenguaje cotidiano de muchísimos niños.

Six seven

Un fenómeno completamente global

Quizá una de las cosas que más llama la atención es precisamente esa sensación de fenómeno mundial. Da igual el colegio, la ciudad o incluso el país. Los niños ven los mismos vídeos, repiten los mismos gestos y utilizan las mismas expresiones.

Internet ha cambiado completamente la velocidad con la que se expanden las modas infantiles. Antes también existían canciones repetitivas, frases que todos imitaban o pequeños juegos sin sentido aparente que acababan invadiendo las clases. La diferencia es que ahora todo se multiplica muchísimo más rápido gracias a plataformas como YouTube, Facebook, Instagram o TikTok.

Y eso explica por qué niños tan pequeños ya conocen perfectamente algo que empezó probablemente como una simple broma viral.

¿Por qué engancha tanto a los niños?

Aquí hay algo importante que conviene entender antes de reaccionar.

Muchas veces los niños no participan porque entiendan realmente el origen de la moda o porque les parezca especialmente brillante. Participan porque todos participan.

La repetición, el humor absurdo, la sensación de pertenecer al grupo y el hecho de compartir algo que “todo el mundo conoce” hace que este tipo de fenómenos enganchen muchísimo, especialmente en la infancia y en la adolescencia.

Y además hay otro detalle importante: provoca reacción inmediata. En cuanto alguien dice el número en cuestión, otros responden automáticamente. Eso genera una especie de juego colectivo muy difícil de cortar de golpe.

Por eso creo que entender el fenómeno es importante. No para justificar cualquier comportamiento, sino para saber desde dónde debemos actuar.

Lo que sí hay que dejar claro en el colegio

Entender algo no significa permitirlo todo.

Y aquí creo que es importante hablar claro con los niños. Una cosa es que exista una moda viral y otra muy distinta que pueda interrumpir continuamente una clase o dificultar el trabajo diario en el aula.

Los docentes no podemos estar repitiendo explicaciones constantemente porque alguien active el “modo six seven” cada pocos minutos. Hay momentos y espacios en los que simplemente no puede hacerse.

Pero también creo que la forma de transmitir eso importa mucho.

Si únicamente reaccionamos desde el enfado o la prohibición constante, muchas veces conseguimos el efecto contrario: que todavía les haga más gracia.

Por eso, probablemente, lo más útil sea combinar firmeza y cercanía. Explicarles que entendemos que les resulte divertido, pero que también tienen que aprender cuándo algo puede hacerse y cuándo no.

Y eso, en el fondo, también es educar.

¿Se puede reconducir hacia algo positivo?

Aquí es donde creo que puede aparecer algo interesante.

Porque, nos guste más o menos, la energía y el entusiasmo que generan estas tendencias son reales. Y quizá, en lugar de quedarnos únicamente en la queja, podemos intentar aprovechar parte de ese interés para transformarlo en algo creativo.

Al final, muchas modas infantiles nacen simplemente del juego, del humor y de las ganas de compartir algo con otros. Y eso puede reconducirse hacia actividades más interesantes:

  • crear historias,
  • inventar personajes,
  • escribir pequeños relatos,
  • grabar vídeos con sentido del humor,
  • hacer dibujos,
  • trabajar la creatividad,
  • o incluso analizar cómo funcionan las propias tendencias virales.

Precisamente, algo de eso estoy trabajando e intentando hacer con los alumnos de mi grupo de 3º de Educación Primaria, con un proyecto-relato que he titulado "Sixevencianos - Historias del planeta S7".

Se trata de una historia que estamos creando semanalmente, capítulo a capítulo, en un blog aparte creado para la ocasión. Y digo "estamos", porque voy tanteando algunas posibilidades de la historia en mis conversaciones con ellos, e incluso he introducido a nuestra mascota de clase (y a la especie a la que supuestamente pertenece), como personajes importantes del relato. Vamos construyendo así, poco a poco, un pequeño universo propio en el que, semana a semana, irán surgiendo nuevos personajes, situaciones y misterios que, de una u otra forma, estarán relacionados con este fenómeno que tanto llama la atención a los niños.

La idea no es alimentar simplemente la repetición constante de las palabras “six seven”, sino utilizar ese interés que ya existe para llevarlo hacia algo mucho más creativo: la imaginación, el humor, la lectura y las ganas de seguir una historia.

Poco a poco, irán apareciendo nuevos personajes, nuevos lugares y nuevas situaciones con las que intentaré sorprender a los niños y hacer que esperen con ilusión el siguiente capítulo. Y eso, en el fondo, era uno de los grandes objetivos: conseguir que tengan ganas de leer, de comentar la historia, de imaginar qué ocurrirá después y de participar de alguna manera en esa aventura.

De hecho, para quienes tengan curiosidad, aquí podéis encontrar el índice de capítulos del proyecto y ver cómo se está desarrollando esta experiencia paso a paso.

https://sixseven-sixsevencianos.blogspot.com/p/s7-indice-de-capitulos.html

Blog Sixevencianos

Creo firmemente que en este tipo de iniciativas puede estar una de las claves educativas más interesantes: no limitarnos únicamente a combatir ciertas tendencias virales, sino intentar transformarlas en oportunidades para crear algo positivo a partir de ellas.

Y, por supuesto, ésta es solo una idea entre muchas posibles. Cada docente, cada familia o cada educador puede intentar reconducir este tipo de fenómenos hacia actividades distintas: historias, dibujos, teatro, humor, escritura, retos creativos o cualquier propuesta que ayude a convertir una simple moda pasajera en una experiencia más rica y motivadora.

Algunas ideas para las familias

Para muchas familias, este tipo de fenómenos pueden resultar desconcertantes. A veces incluso agotadores.

Y es normal.

Pero quizá conviene evitar dos extremos: pensar que no pasa nada nunca o convertirlo en una guerra constante.

Probablemente lo más útil sea observar, preguntar y entender primero qué les hace tanta gracia. Hablar con naturalidad, poner límites cuando haga falta y, sobre todo, no perder la conexión con ellos por algo que, seguramente, será pasajero.

También puede ayudar ofrecer alternativas, como ya he sugerido:

  • actividades creativas,
  • deporte,
  • lectura,
  • humor compartido,
  • juegos,
  • proyectos familiares,
  • o simplemente espacios donde puedan expresarse de otra manera.

Porque cuanto más rica y variada es la vida de un niño, menos necesidad tiene de quedarse atrapado únicamente en una moda viral.

Por cierto, es importante mencionar en este apartado que, en mi caso, y para la marcha adecuada del proyecto "Sixevencianos", cuento con la inestimable colaboración de las familias de mis alumnos, pues especialmente con niños pequeños, son las familias las que deben gestionar los tiempos y actividades de sus hijos en las distintas plataformas digitales. Además, precisamente, una de las sugerencias que he visto interesante hacerles, es la de que los niños les lean a ellos en alto los capítulos de la historia, compartiendo así más estrechamente esta pequeña aventura. 

Para terminar

Las modas infantiles siempre han existido. Cambian los nombres, cambian las plataformas y cambia la velocidad con la que se expanden, pero el fenómeno de fondo no es nuevo.

Quizá lo importante no sea intentar borrar completamente estas tendencias, algo prácticamente imposible hoy en día, sino ayudar a los niños a convivir con ellas de una manera equilibrada, respetuosa y creativa.

Y sobre todo, recordar algo importante: detrás de cada “six seven” sigue habiendo niños que necesitan jugar, compartir, sentirse parte del grupo y encontrar espacios donde canalizar toda esa energía.

Ahí es donde familias y escuela seguimos teniendo mucho que aportar.